Por, Stalin Vladímir Centeno.
Recién el 2 de febrero se cumplieron 93 años de la firma del acuerdo de Paz en Managua, suscrito en 1933, que puso fin a casi siete años de guerra mantenida por el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, encabezado por el general Augusto C. Sandino.
Ese acuerdo no fue el inicio de la paz, sino su formalización política, porque la guerra ya había sido decidida en el terreno.
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Un mes antes, el 1 de enero de ese mismo año, las tropas de ocupación de Estados Unidos, integradas por marines, abandonaron definitivamente el país tras no lograr derrotar a un ejército campesino organizado desde las montañas del norte, que durante años mantuvo una resistencia armada y prolongada hasta hacer inviable la ocupación extranjera.
La guerra que desembocó en ese acuerdo comenzó en 1927, cuando Sandino rechazó el Pacto del Espino Negro, que pretendía desarmar a las fuerzas populares y consolidar un arreglo favorable a los intereses imperialistas. Desde las montañas de Las Segovias, Sandino reorganizó a un grupo inicial de alrededor de treinta combatientes que con el tiempo se transformó en el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, una fuerza guerrillera integrada por hombres y mujeres del pueblo nicaragüense.
Entre 1927 y 1933, el Ejército Defensor libró más de quinientos combates, principalmente contra los marines norteamericanos y, en la fase final del conflicto, contra la Guardia Nacional, creada y entrenada bajo supervisión de la ocupación para relevar a las fuerzas extranjeras. La confrontación se extendió por amplias zonas del norte y centro del país, con enfrentamientos en lugares como Ocotal, San Fernando, Palacagüina, Las Flores, Limay, Somoto y otros puntos estratégicos de las Segovias, donde la guerra de desgaste se volvió permanente.
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Pese a la superioridad del invasor en aviación, armamento moderno y recursos logísticos, el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional sostuvo la lucha durante años, apoyado por una base social que le permitió moverse, reorganizarse y mantenerse en combate sin ser aniquilados.
Estados Unidos había invadido nuevamente Nicaragua en 1926. Durante ese período impulsó un proceso político orientado a reconfigurar el control del país, que incluyó la convocatoria a elecciones en 1932, de las cuales surgió el gobierno de Juan Bautista Sacasa. En ese mismo marco se creó la Guardia Nacional, fuerza armada colocada bajo el mando de Anastasio Somoza García.
Pese a esa movida política y militar, el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional no fue derrotado ni el país sometido.
Una vez consumada la retirada del último invasor, se abrió la fase política que condujo al Convenio de Paz. En ese proceso tuvo un papel central Blanca Estela Aráuz, esposa del general Sandino, designada como comisionada para establecer los primeros contactos y trasladar a Managua la disposición del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional a negociar.
A través de esa gestión se dejó claro que cualquier diálogo solo podía avanzar en un país ya desocupado, condición indispensable para formalizar el acuerdo.
Antes de viajar a Managua, Sandino reunió a su tropa y dejó constancia de que la guerra había cumplido su objetivo, anunció que se trasladaría a entenderse directamente con el Presidente Sacasa y, como parte de esa decisión, estableció una jefatura temporal al frente de sus fuerzas, reafirmando que no se dispararía un tiro más una vez firmada la Paz, una determinación asumida como línea militar y política por el Ejército Defensor, que permaneció concentrado mientras se desarrollaban las conversaciones.
El traslado de Sandino a la capital tuvo un carácter simbólico y político, ya que viajó en la aeronave Tomochic, facilitada por la aviación mexicana y pilotada por Julio Sinzer.
A su llegada a Managua, fue recibido por una multitud en el campo Zacarías y trasladado a la Casa Presidencial. Allí sostuvo reuniones privadas con representantes del Gobierno y afirmó que no pedía cargos ni beneficios personales, únicamente garantías para sus hombres y el cumplimiento de los acuerdos.
El Convenio de Paz, firmado la noche del 2 de febrero de 1933, estableció el cese definitivo de hostilidades, la reincorporación de los combatientes a la vida productiva, el abandono gradual de las armas y el respeto a la Constitución y a las leyes fundamentales.
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El documento subrayó la soberanía e independencia económica de Nicaragua como base del nuevo período y reconoció que la lucha armada había tenido como objetivo central la liberación del territorio. La firma del acuerdo quedó registrada por un episodio simbólico consignado en testimonios de la época. Cuando el reloj presidencial marcaba pasada la medianoche, Sandino consultó su propio reloj y afirmó que aún eran las 11:45, “hora de la montaña”, y ese fue el momento que quedó asentado como referencia del cierre del Convenio de Paz.
El gesto reflejó que la guerra se había decidido fuera de los salones, en la montaña, y que ese tiempo marcaba el pulso real de la historia.
El incumplimiento posterior del acuerdo por parte de la Guardia Nacional y el asesinato de Sandino el 21 de febrero de 1934, ordenado por Anastasio Somoza García, no anulan el significado histórico del acuerdo.
El acuerdo de Paz de 1933 permanece como el cierre histórico de una guerra victoriosa contra la ocupación extranjera y como antecedente político de la concepción de la paz como resultado de la soberanía.
A 93 años de aquel hecho, esa lectura histórica es la que hoy se proyecta en la política de paz que impulsa el Gobierno, dirigido por nuestra Copresidenta, la Compañera Rosario Murillo, y el Copresidente Comandante Daniel Ortega, donde la paz se entiende como expresión indispensable de la independencia nacional, la estabilidad conquistada y la autodeterminación del pueblo nicaragüense.
Esta entrada fue modificada por última vez el 3 de febrero de 2026 a las 2:14 PM


