Por Fabrizio Casari
La disputa entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre Groenlandia corre el riesgo de deteriorar gravemente las relaciones entre Washington y Bruselas. La pretensión de Trump sobre Groenlandia se presenta como una preocupación de seguridad nacional debida a una supuesta “escasa vigilancia” por parte de Dinamarca, pero se trata de una mentira poco convincente. Y, desde luego, no es culpa de Groenlandia que, sobre todo Rusia pero también China, se asomen al Ártico.
Estados Unidos siempre ha querido Groenlandia para ampliar su control sobre el Ártico y apropiarse de sus riquezas. Ya en 1817 intentó comprarla junto con Islandia. En aquel entonces Rusia estaba dominada por el zar Alejandro Románov, Lenin ni siquiera había nacido y la Revolución bolchevique no había sido siquiera imaginada, mientras que China se encontraba bajo la dinastía imperial Qing. Por lo tanto, la historia de las “naves rusas y chinas que amenazan la seguridad nacional de Estados Unidos” es una pura patraña.
Lo que Trump quiere no es un mayor control sobre Groenlandia, sino su propiedad. Puede que su posición no ofrezca el clima más favorable, pero Groenlandia es uno de esos lugares del mundo donde parece que todos quieren echar raíces. Con una extensión seis veces mayor que Alemania, su subsuelo alberga el 13 % del petróleo mundial y el 30 % del gas. Pero no se trata solo de hidrocarburos: sus tierras están llenas de uranio, diamantes, rubíes, zinc y casi todas las materias primas estratégicas, las llamadas “tierras raras”, cuya posesión determina la capacidad de producir dispositivos como computadoras, teléfonos móviles, fibras ópticas y láseres, equipos médicos, baterías para automóviles eléctricos, imanes permanentes, sensores eléctricos y convertidores catalíticos indispensables para la producción de tecnologías verdes como aerogeneradores y paneles fotovoltaicos. En suma, productos considerados imprescindibles en cualquier sociedad, esté donde esté y hable la lengua que hable.
- También puedes leer: El café nica triunfa en los mercados internacionales
Es en la posesión – o al menos en el acceso – a estos minerales donde se define el nivel de autonomía tecnológica, que hoy corresponde en gran medida – junto con la alimentaria y la energética – a los elementos fundamentales para determinar la soberanía de un Estado. La posibilidad de acceder a ellos o no marca el desarrollo o el subdesarrollo de cualquier economía en cualquier parte del mundo.
Por si fuera poco, Groenlandia es un territorio vital también en términos comerciales. Como se sabe, el 90 % del comercio mundial transita por vía marítima y la mayor parte lo hace por el Pacífico y el océano Índico; sin embargo, ya está operativa una ruta comercial ártica abierta por los rusos (en la que también colaboran los chinos) entre el Lejano Oriente y Europa, a lo largo de una vía que atraviesa el océano Glacial Ártico en lugar del Índico. Aunque por ahora solo es navegable algunos meses al año, científicos chinos y rusos prevén que, debido al deshielo y al desarrollo de una industria naval especializada, será cada vez más transitable.
Se trata de la nueva ruta estratégica global que desvela a Estados Unidos, porque sus ventajas comerciales son indiscutibles. La ruta reduce a la mitad los tiempos de tránsito respecto a las autopistas marítimas que pasan por el océano Índico hasta el Mediterráneo (18 días en lugar de 28 pasando por Suez) y los costos de entrega de mercancías se reducirían en un 22 %. Entre las ventajas de este paso del noroeste está también el factor seguridad: se evitan el mar Rojo y el canal de Suez, constantemente amenazados por la piratería, y una ruta segura reduce de forma significativa los costos de seguros, además de los operativos.
Obviamente, esto reduce – si no anula – el poder de control de Occidente sobre el comercio, ya que la nueva ruta bordearía Rusia y otros países donde la capacidad de interdicción occidental es claramente limitada. En consecuencia, el sistema de sanciones unilaterales que afecta a 27 países y al 73 % de la población mundial resultaría en gran medida inaplicable y se reduciría enormemente el uso del dólar en las transacciones comerciales realizadas a través de esta ruta ártica.
En definitiva, Groenlandia constituye un terreno decisivo para el surgimiento de una economía global independiente del dominio occidental, lo que refuerza la ansiedad de la Casa Blanca por apoderarse del territorio groenlandés.
Hay, sin embargo, un aspecto en esta cuestión que marca un punto preciso en las contradicciones ya abiertas entre el bloque de la UE y los nuevos Estados Unidos: Groenlandia es territorio danés; Dinamarca es miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Por lo tanto, pensar en tomar Groenlandia por la fuerza implicaría para Dinamarca la posibilidad de recurrir al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que obligaría a todos sus miembros a acudir en ayuda de Copenhague. Solo que el ataque vendría de Estados Unidos, es decir, de otro miembro de la OTAN, además del jefe de la estructura militar y política occidental.
Resulta evidente que una operación militar directa de Estados Unidos partiría en dos a la OTAN, como ha señalado la primera ministra danesa. Es difícil que la UE intervenga militarmente para defender Groenlandia, tanto por manifiesta cobardía como por falta de capacidad, pero es claro que la fractura política sería irreparable y certificaría el fin de la Unión Europea como sujeto político, devolviéndola a la situación de comienzos de los años cincuenta.
Hay quienes sostienen que Estados Unidos podría aprovechar la ocasión para disolver la OTAN y ahorrarse los costos de mantenimiento de un aparato militar ineficaz, pero también es cierto que, a partir de las contribuciones equivalentes al 5 % del PIB de cada país miembro, Estados Unidos obtiene contratos militares multimillonarios que engordan en gran medida su sistema militar-industrial. Además, el fin de la OTAN privaría a Estados Unidos de su primer anillo defensivo, concebido precisamente para convertirse en el primer objetivo balístico de un ataque o contraataque ruso que otorgue a Washington el tiempo necesario para preparar una respuesta. Por último, con la desaparición de la OTAN, el desequilibrio militar en Europa sería evidente, con una Rusia fuerte y armada que reduciría al Viejo Continente a una mera entidad geográfica y poco más.
Por ello, parece difícil que Trump quiera disolver la OTAN. Resulta igualmente difícil imaginar qué pasa por la mente de un hombre que ya ha demostrado cómo en él la psiquiatría se impone a la política. En cualquier caso, ya sea mediante una negociación (posible) o mediante una proyección militar (más difícil), el contencioso entre Estados Unidos y Europa confirma lo ya escrito negro sobre blanco en el nuevo Documento de Seguridad Nacional estadounidense, que presenta a la UE como un agregado entre inútil y superfluo, hacia el cual, por lo demás, toda la clase dirigente estadounidense, desde su nacimiento (1 de noviembre de 1993) hasta hoy, ha alternado indiferencia e impaciencia.
- Quizás te interesa: 150 mil viviendas dignas y vamos por más
Y aunque la relación entre Estados Unidos y la UE en los últimos diez años, en particular, ha sido una relación de total subordinación, aún podía encontrarse un vínculo basado en un sentir común y en intereses compartidos: una suerte de asociación política, económica y militar en la que la UE hallaba razones para seguir dócilmente las líneas políticas de Washington en guerras, sanciones y políticas monetarias, apostando todas sus fichas a la victoria estadounidense y a su capacidad de gobernar, por las buenas o por las malas, los profundos cambios sociopolíticos y económicos de carácter estratégico.
Pero la era Trump devuelve a cada cual a su papel original. Estados Unidos en el rol de imperio colonial y la UE en el de territorio de ultramar de ese imperio. La ruptura decidida con el Derecho Internacional y la decisión de confiar a la fuerza y al terror la propia naturaleza del sistema de relaciones internacionales, junto con la salida de toda organización en la que la comunidad internacional se ha reunido desde 1945 hasta hoy, muestran cómo el momento de máxima crisis del imperio decadente ve en la guerra y en el saqueo continuado el único remedio para sobrevivir, confiando en una superioridad militar que anule las distancias ya existentes entre el liderazgo pasado y el actual estancamiento.
Europa, desautorizada incluso en Ucrania después de haberle pedido inmolarse por los laureles en el flanco oriental de la OTAN, ya no tiene capacidad de interlocución, y mucho menos de condicionamiento frente a las políticas estadounidenses. No porque carezca de medios – al contrario -, si quisiera podría derribar la prepotencia de Washington, pero no lo hace por la total subordinación de los gobernantes europeos a los deseos de la Casa Blanca. Por tanto, inútil intentar obligar a Estados Unidos a retroceder: si lo hace, será únicamente por una evaluación propia.
A los Estados Unidos de Trump ya no les sirven aliados, sino alineados. Y en la mesa donde se discute sobre Groenlandia, al igual que en la de Ucrania, Europa está presente, sin duda. Solo que no está entre los comensales, sino que forma parte del menú.
Esta entrada fue modificada por última vez el 17 de enero de 2026 a las 2:26 PM



