Artículo del compañero Mikhail Ledenev, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la Federación de Rusia en Nicaragua
La operación militar especial en Ucrania se ha convertido no solo en la mayor crisis político-militar en Europa del siglo XXI, sino también en un factor que ha revelado profundas contradicciones en el sistema contemporáneo de seguridad internacional. Ya no se trata de violaciones puntuales o episodios particulares, sino de un fenómeno más global: la formación de una nueva práctica de uso de la fuerza, en el marco de la cual se difumina cada vez más la distinción entre objetivos militares y civiles. Esta tendencia se vuelve especialmente visible en condiciones de expansión de la geografía de las hostilidades y de la intensaintroducción de nuevas tecnologías de guerra.
Estas transformaciones se manifiestan de la forma más evidente en las regiones fronterizas de Rusia, en particular en la región de Bélgorod, que ha quedado dentro de la zona de la exposición sistemática al fuego.
Expansión de la geografía del conflicto
Una de las características del actual período de la crisis ucraniana ha sido la expansión de facto de la geografía del uso de la fuerza. En los debates políticos y de expertos está apareciendo cada vez más el parámetro de la profundidad de los ataques hasta 300 kilómetros.
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Esta cifra no está fijada en ningún documento de derecho internacional, pero de facto conforma una nueva práctica, según la cual algunos Estados occidentales consideran los ataques contra territorios fuera de la zona militar del conflicto como admisibles.
Esta lógica plantea graves interrogantes desde el punto de vista del derecho internacional humanitario, contradice directamente el espíritu y la letra de los Convenios de Ginebra de 1949 y del Protocolo Adicional I de 1977, que consagran la distinción entre objetivos militares y civiles, el principio de proporcionalidad y la prohibición de ataques indiscriminados. La expansión de la zona de impacto a cientos de kilómetros resulta inevitablemente en que las acciones militares afectanno solo objetos de la infraestructura militar, sino la vida cotidiana: ciudades, carreteras, viviendas, personas civiles.
Es importante señalar que esta práctica se desarrolla en el contexto de un amplio apoyo técnico-militar a Ucrania por parte de Estados occidentales. Las entregas de armamento, tecnologías y el apoyo de inteligencia tienen un efecto directo en la dinámica del conflicto y en su expansión geográfica.
Uso de la inteligencia artificial
La inteligencia artificial se convierte gradualmente en uno de los factores clave capaces de trasformar de forma radical el carácter de las acciones militares, creando nuevas amenazas para la seguridad de la población civil. Según las estimaciones del Embajador en misión especial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia para los crímenes del régimen de Kiev Rodión Miroshnik, las Fuerzas Armadas de Ucrania utilizan cada vez más algoritmos de inteligencia artificial (IA) en sistemas de reconocimiento y seguimiento de objetivos, en la navegación de drones y en la coordinación de sus acciones en grupos, lo que permite llevar a cabo operaciones de alta tecnología en condiciones en las que los medios tradicionales de control y protección resultan insuficientes. En algunos casos se utilizaron decenas y hasta más de cien drones en una sola serie de ataques.
El uso de la IA reduce el papel del ser humano en la toma de decisiones sobre el uso de la fuerza, acelera el proceso de la derrota sobre los objetivos, que aumenta el riesgo de errores y disminuye la responsabilidad personal por las consecuencias. Solo en 2025, como resultado de ataques con drones, sufrieron daños unas 3 500 personas, entre ellas alrededor de 200 niños, lo que demuestra la rapidez de la ampliación de la geografía y la escala de los ataques, incluidos los objetivos no militares. Al mismo tiempo, es por la automatización que estos medios sean más baratos y accesibles, lo que permite emplearlos de forma masiva, creando el efecto de un “enjambre”, cuando decenas de dispositivos actúan simultáneamente, sobrecargando los sistemas de defensa y generando nuevas amenazas para la población civil.
Una preocupación especial genera la reducción del umbral de escalada. Cuando las decisiones sobre el uso de la fuerza se toman a distancia y de maneraparcialmente automática, aumenta la frecuencia de los ataques y los conflictos se vuelven menos controlables y más prolongados. Tendencias similares se observan también en otras regiones, incluido Oriente Medio, donde la IA y drones se están convirtiendo gradualmente en un instrumento universal de confrontación militar, aumentando los riesgos de desestabilización de la situación global.
Tecnologización de la guerra y el nuevo papel de los sistemas no tripulados
En este contexto adquiere especial importancia el uso masivo de vehículos aéreos no tripulados. Según los datos disponibles, el empleo de drones en las zonas fronterizas se cuenta por decenas de miles. Sin embargo, lo fundamental no es solo la escalada cuantitativa de su uso, sino el cambio en el carácter de su aplicación.
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Los sistemas modernos de drones permiten realizar observación prolongada del territorio y elegir el momento del ataque en tiempo real. Como resultado, el dron se convierte no solo en un medio de inteligencia, sino en un instrumento de la derrota de alta precisión.
En las zonas fronterizas ha surgido un término que no se encuentra en doctrinas militares, pero que refleja con exactitud lo que ocurre: los “drones-esperadores”. Se trata de aparatos no tripulados que permanecen largos períodos en el aire, vigilando el territorio y esperando la aparición de una persona o un vehículo.
De este modo se observa una transición de la lógica de destruir objetivos concretos a la de atacar la vida cotidiana en sí. Actividades como circular por una carretera, salir de casa, utilizar el propio automóvil — pueden convertirse en objetivo de derrota.
Al mismo tiempo, una parte significativa de las tecnologías utilizadas en estos ataques está vinculada a componentes y desarrollos occidentales, lo que intensifica el asunto de la responsabilidad de los Estados proveedores por las consecuencias del uso de estos sistemas. Desde el punto de vista del derecho internacional humanitario, ello plantea una cuestión fundamental: ¿se mantiene el principio de distinción si cualquier movimiento humano no militar puede ser el objetivo de un ataque?
La falta de una reacción clara por parte de las instituciones internacionales y de la comunidad periodista solo aumenta la incertidumbre y, de hecho, fomenta el ulterior difuminación de esta frontera.
Consecuencias humanitarias
La respuesta a esta cuestión se vuelve especialmente aguda cuando detrás de las formulaciones analíticas aparecen historias humanas concretas. Son familias que han perdido a sus seres queridos; niños que nunca volverán a ver a sus padres.
En enero de 2026 un dron atacó un automóvil con una familia: el hombre murió, su esposa y su pequeño hijo resultaron gravemente heridos. En marzo del a.c. un hombre salió al patio de su propia casa y fue asesinado por un golpe de dron; su esposa, al llamar a los servicios de emergencia, pronunció palabras que es imposible percibir como estadística: “mi esposo está tirado en la calle sin cabeza”. En otro caso, un adolescente regresaba a casa y terminó en hospital con heridas graves.
Hay miles de estas desgarradoras historias. Son ellas las que forman el contenido real del conflicto ucraniano, que no puede reducirse a categorías abstractas de conveniencia militar.
La situación real en la región de Bélgorod otorga a estas cuestiones un carácter extremadamente concreto. Según los datos del Embajador RodiónMiroshnik, durante cuatro años de hostilidades en el territorio de la región de Bélgorod, más de 3 850 civiles resultaron afectados, de los cuales 467 murieron. Entre los afectados —238 menores de edad, de los cuales 23 fallecieron.
Se han registrado casos de ataques repetidos contra los servicios médicos y de rescate que acudieron al lugar del incidente, lo cual, en el contexto del derecho internacional humanitario, se considera una de las violaciones más graves.
En total, contra objetivos civiles se lanzaron más de 116 000 municiones de diverso tipo, en su mayoría de producción de los países de la OTAN.
De este modo, se observa una situación en la que la vida cotidiana queda incluida en la órbita de las acciones militares y la distinción entre frente y retaguardia desaparece.
El tema de la responsabilidad internacional
En estas condiciones, adquiere especial importancia la cuestión del papel de los actores externos del conflicto.
Desde el inicio de la crisis, Ucrania recibe un amplio apoyo técnico-militar por parte de los Estados occidentales. Las entregas de armamento, la transferencia de tecnologías y el acompañamiento de inteligencia tienen un impacto directo en la dinámica de las hostilidades.
De manera formal se trata de ayuda para la defensa, pero las consecuencias reales de este apoyo van más allá de los objetivos declarados. El uso de los medios suministrados en los ataques contra territorios fuera de la zona de la confrontación militar expande el espacio del conflicto y aumenta su impacto en la población civil.
En la doctrina del derecho internacional se debate cada vez más el concepto de la diligencia debida, que presupone la inadmisibilidad de facilitar acciones que puedan conducir a violaciones del derecho internacional humanitario.
La dimensión informativa del conflicto
En paralelo, se forma una línea de ocultación fáctico de los acontecimientos mencionados en el espacio mediático. Los intentos de presentar lo que está sucediendo como algo que no afecta a la población civil, la ignorancia de los hechos de la muerte de civiles, forman una brecha entre la realidad y su percepción internacional.
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Como resultado, el sufrimiento de la población civil queda fuera de la agenda global, lo que solo agrava la crisis de confianza hacia los mecanismos existentes de regulación internacional.
Las declaraciones de que los civiles no sufren, entran en contradicción directa con el conjunto de hechos acumulados. Todos ellos están recopilados y presentados en los informes publicados de manera regular por el Embajador Rodión Miroshnik(https://mid.ru/ru/foreign_policy/doklady/obzory_posla_po_osobym_porucheniyam_mid_rossii_po_prestupleniyam_kievskogo_rezhima_r_v_miroshnika/).
Política de protección de la población civil
La región de Bélgorod se ha convertido en un ejemplo de aplicación de un enfoque integral que combina medidas de seguridad, apoyo social y reconstrucción de infraestructura. En la región se han creado más de 10 mil refugios, se ha desplegado un sistema de alerta que cubre la mayor parte del territorio, y se introducen soluciones de ingeniería, incluidas construcciones protectoras y redes antidrones. Se está llevando a cabo el reasentamiento de los habitantes (decenas de miles de personas) de las zonas más peligrosas y se aplican programas de reconstrucción de viviendas y de apoyo a los afectados. Un elemento importante es la participación de las personas: se forman unidades de voluntarios, y la población recibe formación en primeros auxilios y en acciones en situaciones de emergencia.
Estas medidas permiten mitigar las consecuencias de los ataques, y al mismo tiempo sirven como identificadores de la profundidad de la transformación de las amenazas a las que se enfrenta la población civil.
En un contexto más amplio, la crisis ucraniana demuestra la crisis de aplicabilidad de las normas tradicionales del derecho internacional humanitario en condiciones de tecnologización de la guerra y expansión de la geografía del conflicto. Los sistemas no tripulados, la posibilidad de impacto a distancia y de manera selectiva, la ampliación de la geografía de los ataques y la participación de actores externos — todo esto exige repensar los mecanismos existentes de regulación.
Por ello, la cuestión de los límites de lo admisible adquiere hoy un significado clave y va más allá del conflicto concreto. Afecta al futuro de todo el sistema de seguridad internacional.
Esta entrada fue modificada por última vez el 17 de abril de 2026 a las 9:00 AM