Por: Adolfo Pastrán Arancibia
Este 2 de febrero, Nicaragua se une en un solo sentimiento para conmemorar el centenario del nacimiento de una figura inmensa; un hijo de minero y campesina que, desde la humildad de La Libertad, Chontales, se elevó para convertirse en el guía espiritual más trascendental de nuestra historia contemporánea: Su Eminencia Reverendísima, Cardenal Miguel Obando y Bravo.
Al recordar sus 100 años de vida, no solo celebramos al primer Cardenal de Centroamérica, sino al hombre que supo caminar —literalmente— junto a su pueblo. Aquel obispo que recorría las montañas de Matagalpa a lomo de mula dejó una imagen que grabó para siempre su sello de humildad y compromiso pastoral. Su vida no fue una línea recta de confort, sino una travesía valiente en medio de la turbulenta historia de Nicaragua: desde la dictadura somocista y la guerra, hasta los complejos procesos de reconciliación.
Hoy, cuando la nación entera le rinde merecidos homenajes, es imperativo reconocer que el tiempo y la historia le han dado la razón. Su verdadera dimensión como el “Cardenal de la Paz y la Reconciliación” es hoy indiscutible, reconocida y enaltecida, superando las mezquindades del pasado.
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Su liderazgo fue determinante. En los años 70, su voz fue un potente mensaje contra la corrupción y los abusos del somocismo, mediando en momentos críticos de la historia para evitar derramamientos de sangre. Su magisterio de paz continuó en las décadas siguientes, sin abandonar nunca su vocación de puente. Fue el artífice de diálogos cruciales que sentaron las bases para acuerdos de paz y verificaron personalmente los procesos que silenciaron las armas, muchas veces financiadas por intereses extranjeros. Como bien dijo él mismo: “Creo que es importante la unión cuando se trata de trabajar por la paz, por la reconciliación, por el bienestar de nuestro país”.
Siempre fue un líder de puertas abiertas. Quien llegaba a la Arquidiócesis de Managua —fueran políticos, empresarios, intelectuales o el pueblo más humilde— sabía que sería escuchado. Jamás burocratizó su pastoral con una “agenda su cita”; al contrario, alargaba su jornada para atenderlos a todos, aunque fuese unos minutos, despidiéndolos siempre con una bendición.
En los años 80 tuve la dicha y oportunidad de acompañarle como periodista a muchas visitas pastorales en las ciudades y municipios que le correspondían a la Arquidiócesis de Managua, como Nindirí, Santa Teresa, La Conquista, Catarina y Monimbó, entre otros. Era gratificante ver su cercanía con el pueblo, que corría a abrazarlo, saludarlo o pedirle una bendición. O cuando terminaba sus misas los domingos en la Iglesia de Santo Domingo de las Sierritas: salía a saludar a todos los fieles y no se retiraba hasta haber saludado al último, prefiriendo siempre a los pobres.
Es de justicia recordar también su valentía en la etapa final de su vida, cuando a partir de 2007 abrazó una genuina reconciliación nacional. Al aceptar presidir la Comisión de Verificación, Reconciliación y Paz creada por el Presidente Daniel Ortega, realizó un gesto noble que le costó ser blanco de una campaña de desprestigio por parte de sectores de la derecha extrema que no perdonaron su servicio por la unidad. Intentaron silenciarlo: le suspendieron la transmisión de sus homilías dominicales en televisión y radio, le cerraron espacios en medios escritos y desataron una campaña despiadada para minar su credibilidad.
Sin embargo, hoy esos ataques han quedado en el olvido frente a la grandeza de su legado. Él siempre mantuvo una mansedumbre y serenidad ejemplares. Recuerdo una vez que lo visité en su oficina de la Curia; al comentarle sobre esos ataques, me respondió con la sabiduría de los santos: “Ando entregando láminas de zinc a las familias que no tienen techo, son las casas de los pobres, ellos son los que se benefician, porque los ricos y la gente de grandes apellidos, esos no se mojan ni pasan hambre”.
Esa coherencia es la que hoy se reconoce. En 2016, la Asamblea Nacional, respondiendo al sentimiento de las mayorías, lo declaró “Héroe Nacional de la Paz y la Reconciliación”, destacando su lugar en la historia frente a quienes intentaron denigrarlo; hoy su nombre está en el Preámbulo de la Constitución Política de Nicaragua como un prócer genuino.
El Cardenal Obando nos enseñó que la Iglesia no debe militar en política partidista, pero sí trabajar incansablemente por el Bien Común, lejos de los egocentrismos. Nunca se creyó superior; tuvo la inmensa capacidad de perdonar a religiosos que lo adversaron desde los tiempos del somocismo —por venir de élites que lo rechazaban— y a aquellos que, cegados por la política, viajaron incluso a Roma para pedir su retiro por límite de edad.
Demostró una gran fortaleza interior. Fue capaz de humanizar a quienes lo atacaron, incluso a algunos de los que él promocionó en el episcopado, y contribuyó a la paz social con enorme valentía moral.
A 100 años de su nacimiento, Nicaragua no solo extraña a este maestro del diálogo, sino que vive los frutos de su trabajo. Su legado, más allá de reconocimientos nacionales e internacionales, perdura en la tranquilidad y la paz que hoy gozamos.
Reconocer al Cardenal Miguel Obando y Bravo es reconocer que la paz es un camino que se construye con valentía y fe, y que no debe ser puesta en riesgo bajo ninguna circunstancia.
Los nicaragüenses que aman la paz, orgullosos de él, se lo agradecemos.
Esta entrada fue modificada por última vez el 1 de febrero de 2026 a las 12:38 PM


