Por Fabrizio Casari
Ultimátum y retórica belicista. Paralelamente, diálogo en Ginebra y aperturas parciales. Son dos los enfoques de Estados Unidos respecto a Irán: el que impulsa negociaciones diplomáticas para evitar una guerra y el de la gran concentración de buques y aviones militares para advertir sobre las posibles consecuencias de un fracaso en esas conversaciones. Esta es la narrativa pública que difunde el mainstream sobre la situación, pero está sustancialmente manipulada. La realidad es que las conversaciones constituyen solo el espacio donde se presenta verbalmente la exigencia de desmantelar a Irán, mientras que los portaaviones son el único argumento para intentar obligarlo a ceder.
Las demandas estadounidenses se refieren al desarrollo del programa nuclear civil, a la reducción del aparato militar y de su sistema balístico, a la reforma del sistema político y al fin de sus relaciones internacionales con Líbano, Irak, Yemen y Palestina. En la práctica —lo entendería cualquiera— se está exigiendo un colapso político y una rendición incondicional.
En los últimos días, el viceministro de Asuntos Exteriores iraní reiteró que su país está dispuesto a discutir la reducción del nivel de enriquecimiento de uranio y a aceptar inspecciones internacionales más profundas en sus instalaciones nucleares, a cambio de que Estados Unidos considere levantar las sanciones económicas.
Si la razón de las presiones occidentales sobre Irán fuera realmente el temor a que el país se dote de armas nucleares, el acuerdo estaría al alcance de la mano. Irán nunca ha buscado construir armas nucleares, y los propios Estados Unidos lo saben perfectamente. La cuestión nuclear siempre ha sido un pretexto para alcanzar otro objetivo: el cambio de régimen.
En los medios nunca aparecen tres preguntas que deberían plantearse de entrada:
¿Con qué autoridad se puede obligar a Irán a renunciar al desarrollo nuclear civil cuando numerosos países lo poseen?
¿Con qué legitimidad Estados Unidos pretende decidir el destino del gobierno iraní y de sus relaciones internacionales?
¿Con qué credibilidad quienes sostienen al gobierno de Tel Aviv pueden hablar de seguridad en la región?
Existe una presión muy fuerte de Israel para que Estados Unidos ataque a Irán, pero en Washington algunos consideran que las ambiciones israelíes podrían darse por satisfechas —al menos temporalmente— con la situación en Palestina. Sobre todo, saben que no tienen nada que ganar y mucho que perder con un ataque contra Teherán.
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Washington se ve frenado por diversos factores: la dificultad militar de la operación, el riesgo de un conflicto extendido a todo Oriente Medio y al Golfo Pérsico, el impacto sobre el precio del petróleo —que dañaría seriamente a las economías occidentales— y, por último, la posible implicación directa de Rusia y China en apoyo a Irán.
También existe un factor de política interna relacionado con el mundo MAGA, ya decepcionado con Donald Trump. Lo acusan de centrarse en conflictos externos y amenazas internacionales sin mejorar la economía interna, que avanza a ritmos muy distintos de la anunciada “era dorada”. La dureza contra la inmigración y las polémicas acciones del ICE no bastan para contener desempleo, inflación y pobreza, los únicos indicadores en aumento.
A esto se suma el temor a las consecuencias económicas globales de una guerra con Irán. Teherán controla el estrecho de Ormuz, por donde transita entre el 20 % y el 25 % del petróleo mundial. Un bloqueo provocaría escasez inmediata y un fuerte aumento de precios, encareciendo la energía y elevando la inflación. Si para Occidente supondría contracción del consumo y aumento de costos, para Asia el impacto sería devastador, ya que por Ormuz pasa cerca del 70 % de su suministro energético.
Existen además otros dos problemas relevantes: la alianza entre Pekín, Moscú y Teherán. Rusia ya dejó entrever su postura mediante maniobras conjuntas en el océano Índico denominadas “cinturón de seguridad”. Para quien conoce el lenguaje diplomático ruso, esto significa que Moscú considera a Irán parte de su esquema de seguridad internacional. Si en el pasado toleró un ataque limitado en nombre de la reanudación del diálogo con Washington, hoy difícilmente permanecería pasiva ante la destrucción de Irán, al que podría brindar apoyo militar y tecnológico.
Esto vale aún más para China, que tiene en el petróleo iraní una de sus principales fuentes de abastecimiento. Resulta difícil imaginar que permanecería inactiva. Un ataque contra Irán podría afectar directamente los intereses chinos y abrir una grieta en la Nueva Ruta de la Seda. Pekín es consciente de ello y observa cómo, además del plano comercial, el choque estratégico con Estados Unidos podría escalar también en el terreno militar.
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El panorama militar tampoco tranquiliza a la US Navy, pese a su enorme despliegue en la región: portaaviones, aviones cisterna, cazas de ataque, bombarderos, submarinos nucleares y unos 40.000 marines provenientes de bases europeas y de Diego García, en el océano Índico. Todo indica que en Washington saben que una guerra con Irán no sería ni breve ni limitada. Según un informe del Comando Central estadounidense de 2022, Irán posee el arsenal balístico más moderno y eficiente de Oriente Medio.
Irán figura entre las principales potencias militares del mundo, líder en producción de drones y misiles de corto y medio alcance —hasta 2.000 kilómetros—. Cuenta con una red defensiva sólida y probablemente con apoyo satelital y tecnológico de Rusia y China, además de aliados en Líbano, Yemen e Irak que podrían abrir frentes adicionales y alterar profundamente los equilibrios regionales. Sus capacidades militares permitirían golpear la flota estadounidense, así como bases en Jordania y Arabia Saudita, e incluso directamente a Israel, como se evidenció en los enfrentamientos del año pasado. La posibilidad de cerrar el estrecho de Ormuz elevaría aún más el impacto global de una guerra que se libraría también fuera del territorio iraní. Además, un conflicto cerraría definitivamente la puerta a inspecciones internacionales y empujaría a Teherán, siguiendo el ejemplo de Corea del Norte, a construir un arsenal nuclear propio como garantía frente a presiones externas.
No es, por tanto, la imagen política lo que preocupa al Pentágono o a la Casa Blanca. Es que, en los últimos cinco siglos, ninguna superpotencia logró invadir Irán con éxito; bombardearlo sin ocuparlo tampoco hoy produciría resultados significativos y supondría grandes riesgos.
La geografía, junto con la historia y la política, hace de Irán un país prácticamente inconquistable y alimenta la frustración de las potencias occidentales que no logran cerrar su estrategia de dominio en una zona vital para el equilibrio energético mundial. Irán, una de las civilizaciones más antiguas del mundo, cuenta con cerca de 100 millones de habitantes y enormes recursos naturales: alrededor del 10 % del petróleo mundial, el 15 % del gas, además de uranio, oro, plata y zinc. Su geografía estratégica es una defensa natural: cordilleras y desiertos hostiles, una posición estratégica entre Europa, Asia y África, acceso al mar Caspio, al golfo Pérsico y al golfo de Omán, control del estrecho de Ormuz y fronteras con Pakistán, Afganistán, Turkmenistán, Irak, Turquía, Armenia y Azerbaiyán.
Un conflicto abierto haría fracasar definitivamente los Acuerdos de Abraham, enterraría proyectos geopolíticos en la región y pondría en cuestión la supuesta invulnerabilidad de Israel, que sería el primer afectado por una guerra regional de efectos imprevisibles. Mejor calculen bien si conviene no obedecer al Derecho por ansia de usar la fuerza.
Esta entrada fue modificada por última vez el 22 de febrero de 2026 a las 4:22 PM


