La paz: con ella todo

Imagen Archivo - Referencia / Opinión Canal 4.

Por: Fabrizio Casari

Toda sociedad es fruto del modelo social y político que la diseña, pero todas, sin excepción, tienen en la paz interna la condición indispensable para su desarrollo. La paz, sin embargo, no es solo ausencia de guerra, sino también compartir y reconocimiento mutuo entre los distintos actores políticos. Y, como en cualquier parte del mundo, tampoco en Nicaragua puede confundirse la libertad de opinión con la libertad de subversión. La primera es la sal de la democracia – sea formal o sustancial – y se apoya en el respaldo popular y en las reglas del sistema. La segunda es la tumba de la democracia. La libertad puede conducir a la construcción de una opción política alternativa, a la formación de organizaciones de múltiples orientaciones, pero todo se sostiene únicamente si ocurre dentro del marco del mandato constitucional, con la observancia de las leyes y el respeto de lo dispuesto por los códigos civil, penal y administrativo que establecen los límites de la contienda política.

Dos son las condiciones para que pueda delinearse un desarrollo: la paz y la democracia, pero la segunda no puede existir en ausencia de la primera. La paz no conduce necesariamente a la democracia, pero la democracia sin paz simplemente no puede existir. La adhesión a estas condiciones no puede presentarse como una mordaza ni como una represión preventiva, ni como un impedimento a la circulación de ideas y programas distintos a los de quienes gobiernan. Por el contrario, el respeto a las leyes que sostienen la estructura jurídica de la nación es lo que garantiza el ejercicio de la crítica, propio de una democracia.

En la Nicaragua del tercer milenio, se persigue la democracia salvaguardándola, más que declamándola. Fuera de la trayectoria histórico-política nicaragüense, discutirla sería una cuestión abstracta y sin relevancia. La reconciliación nacional, antes que cualquier otro objetivo, ha tenido y tiene como fin permitir la paz y forjar un destino compartido de nación.

Y dado que el texto solo adquiere valor si se inserta en un contexto, hablar de paz y democracia en Nicaragua exige términos, referencias, comparaciones y paralelos propios de la historia del país. Cada país tiene su historia, y las diferencias no pueden reducirse a un patrón único; como ocurre con las lenguas de raíces etimológicas similares, donde algunas palabras se parecen, pero la fonética puede inducir a equívocos y errores de comprensión.

LAS LECCIONES DE LA HISTORIA

La historia señala que en Nicaragua, con la excepción de la cesión del poder por parte del FSLN tras las elecciones de 1990, la democracia nunca ha sido un proceso indoloro para el país: su afirmación siempre ha enfrentado la oposición de la derecha. Desde la dictadura somocista, pasando por la guerra terrorista de los contras, hasta el intento de golpe de Estado de 2018, la democracia y la derecha nunca han sido aliadas. En estas páginas negras de la historia nicaragüense se repite un elemento central: la indisposición de la derecha y la oligarquía a reconocer como legítimo un gobierno que no responda a sus intereses.

El hilo negro que une el papel de la oligarquía nicaragüense es el rechazo a aceptar las reglas del juego de una democracia plena, tanto en la etapa revolucionaria de los años ochenta como en la de rescate socioeconómico, modernización y justicia social de los últimos 19 años. En los periodos gobernados por el sandinismo, la derecha oligárquica ha alternado el desconocimiento del veredicto de las urnas con la solicitud de invasión extranjera.

El rechazo de las reglas democráticas constituye la verdadera seña de identidad de la derecha, históricamente reacia a reconocer la victoria política de sus antagonistas. La alternancia, sustancia de la democracia, choca con el ultraconservadurismo feudal del latifundio nicaragüense, que no tolera ser derrotado.

Esto ocurre porque no acepta que sea el pueblo quien decida quién gobierna, sino el censo, y porque rechaza la idea de un país independiente, considerando la subordinación a Estados Unidos como aspiración. Por ello, el sandinismo, que nace, lucha y vence por la defensa del pueblo y la independencia nacional, resulta insoportable para la visión oligárquica.

La historia de Nicaragua demuestra que la oligarquía primero apoyó al somocismo y luego a los contras, legitimando la agresión y calificando de dictadura a un gobierno legítimo. En una década, el país perdió desarrollo potencial y a casi 50,000 vidas, defendiendo la paz, la soberanía, la seguridad del pueblo y el derecho a vivir en paz, premisas de la democracia. Por ello, el sandinismo y sus mártires son padres constituyentes del país.

Desde 2006, el mismo guion: desconocimiento de las victorias electorales, deslegitimación institucional y negación del derecho a gobernar, disfrazadas de “diálogo” sin reconocimiento recíproco.

La oligarquía tampoco sometió sus acciones a leyes y normas, exigió respeto para falsas ONG financiadas con dinero extranjero y despreció la legalidad nacional. Así, tanto en los años ochenta como desde 2007, la derecha optó por confiar en Estados Unidos y no en los nicaragüenses, conducta considerada alta traición, inteligencia con el enemigo y sancionable en el ámbito civil y penal.

DEMOCRACIA O SUBVERSIVISMO

La cuestión democrática en la historia nicaragüense se expresa en este recorrido. A lo largo de su devenir, la derecha oligárquica se ha caracterizado por un “subversivismo de las clases dirigentes”, concepto señalado por Antonio Gramsci. Frente a ello, el sandinismo ha gobernado con consenso popular y dentro del Derecho, asumiendo el monopolio legítimo de la fuerza, pilar fundamental de cualquier Estado en el mundo.

En Nicaragua, la derecha reconoce el voto popular solo cuando gana; cuando no, recurre a la subversión armada. En contraste, el sandinismo cedió democráticamente el poder en 1990 y, entre 1990 y 2006, aun sin contar con los votos suficientes y pese a fraudes y maniobras, nunca intentó imponerse por las armas lo que las urnas le negaron, privilegiando siempre la vía democrática.

Por ello, nadie puede dar lecciones de democracia al sandinismo, que ha permanecido dentro del cauce democrático incluso teniendo razones y fuerza para subvertirlo. Su elección ha estado guiada por la prevalencia de la paz, entendida como interés nacional, frente al interés de casta.

Las políticas públicas son la síntesis de intereses divergentes, y el compromiso es la mediación entre impulsos opuestos; sin embargo, toda política debe sustentarse en principios no negociables. Entre ellos, la paz ocupa un lugar sagrado, ajeno a presiones internas o externas.

Para un país como Nicaragua, marcado por invasiones, guerras, terrorismo, agresiones externas, traiciones y un intento de golpe de Estado, la paz tiene un valor supremo. No es solo ausencia de guerra, sino dinámica de crecimiento, progreso, reducción de la pobreza, seguridad y prosperidad. Alterarla o condicionarla desde el exterior constituye uno de los peores crímenes.

Imponer voluntades extranjeras contra la voluntad popular es una ilusión fatal. Solo puede llamarse democrático quien respeta los resultados y asume el principio de realidad. No existe otro camino.

Esta entrada fue modificada por última vez el 15 de febrero de 2026 a las 7:52 PM