Leonel,
hermano de sotana invisible
y de sandalias polvorientas,
seminarista del Misterio
y del pueblo herido.
Rezabas de pie,
porque de rodillas
solo estabas ante Dios,
nunca ante la injusticia.
Tu oración no huyó del mundo:
se hizo puño limpio,
pan compartido,
palabra encendida
que no pidió permiso para arder.
La fe en tus labios
no fue incienso encerrado,
sino fuego que bajó a la calle,
palabra viva
con acento de pobres.
Cristo te llamó
no solo al altar,
sino al barrio,
no solo al silencio,
sino a la historia.
Y entendiste —como pocos—
que amar es comprometerse,
que creer es arriesgar la vida,
que la cruz también se levanta
en las esquinas del pueblo.
Por eso uniste
oración y acción,
palabra y sangre,
fe y justicia,
como quien une cielo y tierra
en un mismo grito.
Cuando te cercaron,
no fue la muerte la que habló,
sino la dignidad:
no se rinde el que ama,
no se rinde el que cree,
no se rinde el que ya entregó todo.
Leonel,
joven del Evangelio sin adorno,
poeta del Reino que irrumpe,
tu voz sigue viva
porque nació de Dios
y se sembró en el pueblo.
Que tu memoria nos vigile,
que tu fe nos incomode,
que tu vida nos juzgue
cuando intentemos separar
lo que Dios unió:
la oración y la justicia,
el amor y la historia.
Amén.
Esta entrada fue modificada por última vez el 15 de enero de 2026 a las 1:56 PM



