Stephen Sefton, 30 de noviembre 2025
Las transiciones históricas de una configuración caducada de las relaciones internacionales a otra nueva, siempre se han desarrollado de manera descontinua, irregular y dispar. Se veía este patrón a lo largo del siglo pasado con el progresivo declive de los imperios europeos, su cooptación y remplazo por el imperio norteamericano, los respectivos desenlaces de las grandes revoluciones en Rusia y China y los procesos hacia la emancipación e independencia de los pueblos del mundo mayoritario. Ahora, se trata del declive del poder norteamericano y sus vasallos europeos ante el dinamismo, energía y enfoque tecnológico y productivo de poderes como China, Rusia, India y otros países del mundo mayoritario.
La mayoría de estos países comparten una visión de futuro basado en relaciones internacionales que reconocen sus respectivos intereses nacionales, alientan la cooperación dirigida al beneficio mutuo y promueven la resolución de desavenencias por medio del diálogo. A un nivel muy general ha sido un proceso prácticamente inevitable y previsible pero uno que evoluciona por medio de avances a menudo parciales y precarias y también a veces con retrocesos no deseados e inesperados. En ese mismo sentido, ha sido muy previsible desde por lo menos 2005 que las élites gobernantes del Occidente colectivo nunca iban a asimilar una nueva orden mundial más democrático sin antes sufrir una derrota político-militar estratégico que las obligaba a aceptarlo.
Ahora esa derrota lo están sufriendo en diferentes regiones. El Occidente colectivo perdió la guerra en Afganistán. Ha perdido su guerra contra Rusia en Ucrania. No puede ganar su larga guerra contra Irán, Yemen y el Eje de Resistencia en Asia Oriente. No tiene posibilidades de derrocar al gobierno bolivariano en Venezuela aun con un largo conflicto lo cual al final no tienen posibilidades de ganar y, tampoco, van a ganar la guerra que quieren provocar contra China. Sin embargo, las dementes élites occidentales son incapaces de aceptar esta nueva realidad internacional. Parten de la desastrosa falsa creencia que todavía tienen suficiente poder político-militar y económico para contener y contrarrestar el auge del poder e influencia de Rusia y China en un nuevo orden de las relaciones internacionales
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Desde la segunda guerra en Irak, pensaban que iban a poder alcanzar ese objetivo por medio de golpes fáciles logrados con su acostumbrada receta de mala fe diplomática, sádica agresión económica, incesante guerra psicológica, descarada injerencia y múltiples acciones encubiertas de desestabilización. Cuando no han podido alcanzar su objetivo por medio de un cambio de régimen o golpe de estado como, por ejemplo, en 2004 en Haiti, 2009 en Honduras, 2014 en Ucrania, 2016 en Brasil, o en 2019 en Bolivia, lanzan ataques militares. Así actuaron en 2011 contra Costa Marfil y Libia y contra Siria hasta la destrucción final del gobierno de Bashar al Assad al fin de 2024.
Ahora, más que antes, con cada golpe frustrado, como en Venezuela, y cada agresión fallida, como en Ucrania, el poder e influencia de las élites occidentales disminuye. En cambio, la resistencia y organización independiente de los pueblos dignos alrededor del mundo sigue fortaleciéndose. Ha sido muy previsible como el desarrollo de la integración de la enorme región eurasiática naturalmente avanza a un mayor ritmo y de una manera más acertada en la forma de la Organización de Cooperación de Shanghai que la todavía más ambiciosa integración global de los países BRICS. Por motivo de la cercanía de los países de Asia Central a China y Rusia es natural que la OCS se ha impulsado de manera más decidida por motivo de los intereses económicos en común entre sus países miembros y asociados.
La integración como miembros plenos de India y Pakistan en 2017, de Irán en 2023 y Belarus en 2024 fueron pasos decisivos para establecer la incuestionable relevancia práctica de la OCS como alternativa independiente del sistema comercial y financiero dominado por el Occidente. En términos de la integración de infraestructura, el fortalecimiento de la OCS abre el camino a mayor convergencia entre la Iniciativa de la Franja y Ruta de China, el Corredor de Transporte Internacional Norte-Sur que conecta Rusia, Asia Central, Irán y la India y la Ruta Marítima del Norte entre Asia Este y el norte de Europa. Todos estos esquemas eliminan categóricamente la ventaja marítima explotado por los poderes occidentales durante siglos para controlar el comercio internacional.
En el sentido de intercambio comercial y financiero hay cada vez mayor coordinación entre entidades como la Unión Económica Eurasiática, la Organización de Cooperación Económica, el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo, ASEAN y la Asociación Económica Regional Integral.
En términos geopolíticos, es evidente, desde la integración de India y Pakistán a la OCS, que hay suficiente voluntad entre los poderes de la región eurasiática de superar sus numerosas contradicciones históricas para así poder cooperar de manera positiva y lograr la seguridad y la estabilidad de toda la región. Así que en diferentes aspectos y niveles, se promueve una convergencia de intereses económicos y criterios políticos alrededor de la OCS como un proyecto regional a pesar de la constante interferencia de los poderes del Occidente colectivo.
A la par de los esfuerzos occidentales que buscan como sabotear una exitosa integración eurasiática, también se atrasa y dificulta por motivo de los diversos intereses de gobiernos vecinos asociados como Türkiye, miembro de la OTAN, o Azerbaiyán. Estos países asociados aprecian las oportunidades ofrecidas por la OCS pero por el momento prefieren priorizar su rol como intermediarios hacia el Occidente. En ese aspecto, el grupo de los países BRICS padece de contradicciones parecidas. Es una agrupación global mucho más amplia que la OCS, compuesta de economías y gobiernos con relaciones comerciales, financieras e internacionales muy diferentes a las que prevalecen en la región eurasiática.
Países fundadores de los BRICS como Brasil, India y Sudáfrica tienen extensas complejas relaciones económicas y políticas con los países norteamericanas y europeas y también dentro de sus regiones. Lo mismo aplica en el caso de los otros países miembros y socios de los BRICS del mundo árabe y de África. Esta realidad hace imposible un proceso de desarrollo constante, homogéneo e ininterrumpido de los países BRICS hacia un nuevo orden de relaciones internacionales estables, aun sin la activa resistencia e interferencia de las élites gobernantes occidentales.
De todos modos, aunque sea con diferentes grados de compromiso, los países integrantes de BRICS y la OCS comparten la apuesta esencial hacia relaciones de cooperación basado en el respeto y el beneficio mutuo que priorizan el desarrollo humano de los pueblos y resuelven las diferencias por medio del dialogo y las normas del derecho internacional. De hecho, la reacción de las oligarquías occidentales a este desafío a su viejo régimen de relaciones internacionales ha sido de desesperación política y su acostumbrada extorsión comercial y financiera. Buscan como esquivar las secuelas de la guerra perdida de la OTAN contra Rusia, recurren a constantes provocaciones irracionales contra China y amenazan con la agresión militar contra países como la Corea Democrática, Irán o Venezuela que sigan una política independiente de relaciones exteriores en defensa de su soberanía nacional.
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Desde 2023, Palestina se ha convertido en el punto focal del miedo, la paranoia y la negativa de las élites occidentales a reconocer el innegable declive del poder y la influencia de sus países en relación al mundo mayoritario. Las élites norteamericanas y europeas financian y protegen la colonial ocupación sionista de Palestina con la complacencia de las élites árabes de la región inconformes con la solidaridad revolucionaria del Eje de la Resistencia, liderado por Irán. La abstención de Rusia y China en la reciente votación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre el grotesco plan colonial sobre Gaza propuesta por los países occidentales fue controvertida, pero refleja su sentido de la mejor opción en esa coyuntura. La perversa trampa norteamericana fue que si Rusia y China hubieran aplicado su veto, los criminales poderes occidentales los habrían acusado de ser el único obstáculo a un cese al fuego que la misma representación rusa y china había exigido en votaciones anteriores.
China y Rusia insisten que el pueblo palestino tienen derecho a un estado nacional viable lo cual requiere una resolución orgánica y duradera basado en un consenso regional y el derecho internacional. Para el momento el apoyo incondicional norteamericano y sus aliados europeos al genocidio sionista no permite avanzar en ese sentido sin empeorar las catastróficas condiciones impuestas sobre del pueblo palestino por el psicótico régimen sionista con el pleno apoyo del Occidente colectivo. De hecho, cuando se abandona el derecho internacional, el poder político-militar en bruto impone los resultados. En Palestina, con prácticamente cada mes que pasa, se disminuye la capacidad del Occidente colectivo de sostener el genocida régimen sionista y bloquear un Estado Palestino como ha hecho desde 1948.
A pesar de su evidente declive, el Occidente colectivo sigue siendo relativamente poderoso. Busca constantemente explotar las contradicciones en los países del mundo mayoritario entre los intereses pro-Occidentales y las fuerzas comprometidas con la soberanía nacional y la solidaridad internacional. La derrota de la OTAN en Ucrania, la firme defensa por China del principio de una sola China, la invencible resiliencia del Eje de la Resistencia, Yemen e Irán, se mantienen a la par de las más coherentes nuevas estructuras de desarrollo independiente, como la OCS. También vale la pena notar la extrema reacción negativa de parte del gobierno norteamericano al liderazgo de Sudáfrica del G20 2025 con su destacada enfoque en las necesidades y aspiraciones de los pueblos africanos.
En esta nueva realidad internacional económica y político-militar en desarrollo toma protagonismo la resistencia de los pueblos dignos del mundo mayoritario contra la sádica, criminal agresión desesperada del Occidente. En América Latina, a la par de la resistencia a la guerra híbrida de parte del Occidente colectivo, nuestros países revolucionarias se han unido directa e indirectamente a las iniciativas del nuevo mundo multipolar. Este año Cuba, Nicaragua y Venezuela han finalizado múltiples acuerdos de cooperación de todo tipo con la Federación Rusa y la República Popular China y otros países del mundo mayoritario.
La experiencia de nuestros países demuestra de manera categórica los múltiples avances logrados hacia un nuevo mundo más justo y democrático. Nuestros países y pueblos enfrentamos y superamos todas las dificultades y obstáculos impuestos por el Occidente colectivo. Con relaciones internacionales justas de respeto, cooperación y solidaridad nuestros gobiernos han defendido una vida digna de mayores oportunidades que responden a las necesidades y aspiraciones de nuestro pueblos. Ante el teatro de la falsa diplomacia, siniestro guerra psicológica y mentirosa retórica norteamericana y europea nuestros gobiernos enfocan en la realidad del nuevo mundo en construcción y garantizan la resistencia necesaria mientras nuestros pueblos lo logramos.
Esta realidad se expresó en estos día por nuestra Copresidencia del Comandante Daniel y la Compañera Rosario en su mensaje al pueblo y gobierno de Venezuela “Nuestra Plena y Permanente Solidaridad con el Gran y Bravo Pueblo de Bolívar, Chávez y Nicolás, el Glorioso Pueblo Venezolano, a quien manifestamos en todo tiempo y circunstancia, como hemos dicho ya tantas veces, nuestro respaldo en las Luchas que libramos, estas inmensas Batallas por el Derecho a vivir nuestra Soberanía y Dignidad, en Justicia y Paz.”
Esta entrada fue modificada por última vez el 30 de noviembre de 2025 a las 4:28 PM


