47 años de Epopeyas Sandinista

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Por: Fabrizio Casari

Han llegado a 47 los años de Sandinismo. Décadas transcurridas bajo el fuego y contra el viento. Pero han sido y siguen siendo 47 años de éxitos innegables, medibles en cuatro etapas históricas diferentes: la guerrilla insurreccional para derrocar la dictadura, el gobierno revolucionario de los años ochenta, la defensa de las conquistas alcanzadas frente a la avalancha reaccionaria y neoliberal de los años noventa y, finalmente, la victoria electoral con el regreso al gobierno en 2006.

Es difícil establecer un orden de importancia entre estas cuatro etapas, pero sin duda esta última representa la materialización plena del proyecto original que, aun incorporando profundas innovaciones coherentes con las transformaciones globales impulsadas por Daniel y Rosario, conserva sus principios fundacionales y los proyecta en el renacimiento de Nicaragua. Un proyecto basado en sacar al país del estancamiento de la pobreza extrema en el que permanecía hasta 2006, restablecer su equilibrio socioeconómico y proyectarlo hacia la condición de potencia regional.

Sí, una potencia. Porque cuando la sanidad, la instrucción, la producción de alimentos, la electrificación y la red vial son las mejores de la región; cuando la eficiencia del sistema y la estabilidad política van de la mano con la paz interna, en marcado contraste con el resto de Centroamérica, entonces es legítimo hablar de una potencia regional.

El Sandinismo, como todos los procesos políticos de larga duración, ha suscitado durante estos 47 años adhesiones convencidas tanto dentro como fuera de Nicaragua, así como traiciones y escisiones, individuales y colectivas. La peor fue la que se produjo tras la derrota electoral de 1990, cuando la mayoría del entonces grupo parlamentario decidió dar la espalda al Frente y abrazar a los empresarios, la Iglesia y los partidos de derecha, esperando encontrar una posición más conveniente. No actuaron por iniciativa propia: fueron dirigidos desde el exterior.

Tras la derrota electoral de 1990, Washington decidió que, aprovechando el desconcierto y la confusión que se habían instalado en el país, había llegado el momento de convertir la derrota electoral en la desaparición política del Sandinismo. Identificó en los sandinistas de apellido oligárquico – tradicionalmente poco inclinados a permanecer en la oposición – a quienes podrían encargarse de destruir el FSLN. El objetivo era borrar su identidad política, su memoria histórica y su pasión ideal; archivar su historia rebelde y transformarlo en uno más de tantos partidos latinoamericanos situados en el centro del camino entre el anexionismo y la independencia, que presentan como realismo político su disposición a arrodillarse ante el altar del Imperio.

Pero habían hecho mal sus cálculos. No habían valorado la tenacidad, la mística y el espíritu de sacrificio de la militancia sandinista, ni comprendido la firmeza de Daniel Ortega, Tomás Borge y otros dirigentes; la credibilidad que habían conquistado con méritos propios ante el pueblo sandinista y su absoluta negativa a rendirse. Lo comprobaron en 1994, cuando el FSLN convocó a su militancia y saldó cuentas con los apóstoles de la oligarquía que se convirtieron en profetas de aquel imperialismo del que habían afirmado ser enemigos para siempre.

La defensa de las conquistas de la Revolución no fue sencilla ni estuvo exenta de sangre. Los llamados “neoliberales no lo eran en absoluto: despidos políticos masivos contra la militancia sandinista, una represión desmedida contra estudiantes y trabajadores que protestaban por los drásticos recortes. Sin electricidad durante varias horas al día y con la escasez de agua, poner comida en la mesa se convirtió en un privilegio reservado a una minoría. Para la mayoría quedaron el hambre, el analfabetismo, el regreso de enfermedades endémicas, el desempleo masivo, el estado comatoso de la asistencia sanitaria y la seguridad social, el aumento de la mortalidad infantil y la reducción de la esperanza de vida. Nacer se convirtió en una aventura peligrosa y envejecer pasó a ser un lujo.

Los más vulnerables – mujeres, ancianos y niños – no aparecían en las estadísticas oficiales, pero llenaban las aceras. Las manos ya no saludaban: pedían ayuda. Las cifras de la desesperación se perdían entre los números de los falsos positivos. Fueron dieciséis años de saqueo neoliberal que agotaron al país. El enriquecimiento desmedido de la burguesía parasitaria tuvo como precio el empobrecimiento de los pobres y de los sectores más vulnerables.

Pero esos dieciséis años de resistencia popular constituyeron la base fundamental para la reconstrucción de un partido que fue acumulando fuerzas, sin las cuales noviembre de 2006 habría sido un mes cualquiera de un año cualquiera. Fue, por el contrario, la fecha de la recuperación. Esa resistencia puede considerarse con justicia la segunda etapa de la Revolución Sandinista. El comandante Daniel Ortega había saneado y reconstruido el FSLN y, tras dieciséis años trágicos, marcados por elecciones robadas y coyunturas adversas, el sandinismo volvió a gobernar. La narrativa de Nicaragua cambiò por completo.

Hoy Nicaragua es un país completamente distinto, muy diferente de aquel que Daniel arrebató de las manos de los tecnócratas neoliberales, cleptómanos con másteres y doctorados. Desde hace 19 años, la Nicaragua sandinista ha llevado a la práctica aquello que ya había comenzado a construir tras la liberación del país de la tiranía somocista. Estos últimos 19 años constituyen, por tanto, la tercera etapa de aquella Revolución que triunfó en 1979.

Desde el regreso del sandinismo al frente del país, la geografía política ha cambiado, escribiendo una nueva historia. Está en marcha el mayor proyecto de modernización de un país jamás concebido en toda Centroamérica, diseñado hasta en sus más mínimos detalles por su Comandante y por Rosario Murillo, un proyecto que revierte el destino que el Norte había reservado para la nación. Ese destino cambió porque cambió por completo el paradigma político y social, así como las prioridades. Entre ellas destaca la reducción de la pobreza, una batalla que se libra mediante la gratuidad de la salud y la educación, la construcción de nuevas estructuras e infraestructuras, la ampliación del acceso al crédito, el fortalecimiento constante del Estado de bienestar y la extensión de los derechos sociales.

Como ocurre siempre cuando las revoluciones transforman la sociedad en profundidad, es decir, cuando alteran de manera decisiva los equilibrios de clase y de poder preexistentes, la reacción de quienes han sido desalojados del poder termina por llegar; desordenada y carente de toda decencia, pero llega. En 2018, quienes habían sido desplazados y que desde 2007 habían dejado de generar pobreza para aumentar su propia riqueza, intentaron recurrir a la violencia para derrocar a un gobierno que había apostado por la paz y la reconciliación. Querían devolver al Estado su papel de servidor de la oligarquía, restableciendo la riqueza para unos pocos y eliminando la idea de una vida digna para todos.

El ludismo oligárquico, respaldado por la manipulación mediática dirigida desde el Imperio, tenía como programa la difusión del terror, la destrucción del País y el asesinato masivo de militantes sandinistas. Participaron con entusiasmojerarquías eclesiásticas, latifundistas y militantes de la derechareaccionaria. Eran agentes de la destrucción, funcionarios de la venganza y recaudadores del odio de clase.

Los golpistas nicaragüenses pertenecen a una derecha fascista y criminal que solo acepta dos posibilidades: ganar las elecciones o, si las pierde, intentar revertir mediante la violencia el resultado. Sin embargo, ese plan tiene un defecto: solo funciona allí donde las respectivas naciones carecen de la fuerza interna necesaria para enfrentarlos primero y derrotarlos después.

Para detenerlos, el sandinismo recurrió a la fuerza, porque no existía otra alternativa posible. Ofreció diálogo, paz, amnistías y perdón, con la condición de que regresaran al ámbito de la política legítima y abandonaran el terrorismo promovido por los sectores patronales, pero no hubo respuesta. Continuaron tejiendo conspiraciones y preparando un nuevo intento de golpe de Estado y, por ello, Daniel y Rosario no tuvieron otra opción que librar al país de semejante grupo. Un viaje gratis de ida hacia el país que siempre habían considerado su verdadera referencia.

El Sandinismo de este nuevo milenio ha sabido unir los sueños y el horizonte histórico con la política cotidiana, haciendo de ambos una sola construcción nacional. Un país que decidió crecer corrigiendo los desequilibrios heredados. Ese es el significado profundo del concepto de “Pueblo Presidente”: formar una ciudadanía activa e invertir la relación tradicional entre gobernantes y gobernados. Se ha llevado Nicaragua a transformar su identidad socioeconómica, preservando su esencia mientras renovaba parte de su estructura. Revolución y evolución.

La apuesta – que resultó vencedora – consistió en mantener una identidad productiva concebida sobre un modelo rural, pero proyectada hacia el desarrollo comercial y turístico mediante un modelo económico basado en las pequeñas empresas familiares, capaz de garantizar una distribución horizontal de la creación de riqueza.

La Revolución lleva ya 47 años porque ha hecho posible una transformación profunda, tanto estructural como superestructural, de Nicaragua. Porque, en circunstancias muy diferentes, el Sandinismo ha sabido afrontar tanto los desafíos cotidianos como las situaciones extraordinarias; ha sabido defender el carácter sagrado de la soberanía nacional, de las instituciones y de la paz, y ha derrotado al golpismo, enfermedad endémica y autoinmune del latifundismo. Y continúa porque el Estado no cede su soberanía a las oligarquías internacionales; por el contrario, ejerce con firmeza su función reguladora y organizadora de la sociedad. Conserva el monopolio de la legislación, de la gestión pública y del uso legítimo de la fuerza. Se ha optado por trazar una línea clara entre una democracia popular y una democracia elitista, asentando la primera sobre la paz y el equilibrio social, entendidos como condiciones indispensables para una convivencia duradera.

Dentro del conjunto de las doctrinas políticas de izquierda, el Sandinismo constituye una realidad única: ha sido capaz de imponerse en dos siglos diferentes, atravesando el segundo y el tercer milenio. Nació como un grito de independencia, de soberanía nacional y de libertad frente al invasor yanqui y, desde su regreso al gobierno en enero de 2007, ha asumido una identidad política de alcance global que expresa una concepción precisa de la organización política y social. Incluso en un contexto dominado por el pensamiento único, el Sandinismo ha conseguido desarrollar un modelo alternativo, transformándolotodo y transformando a todos. Lo ha hecho con determinación,colocando cada una de las piezas del entramado nacional en el lugar que le corresponde.

Hoy, pese a la fase extremadamente convulsa y peligrosa que atraviesa el mundo, debido a la resistencia obstinada del viejo orden unipolar a aceptar el surgimiento de una dinámica multipolar, Nicaragua vive en tranquilidad, protegida de las quintas columnas del Imperio y de las tentaciones desestabilizadoras. No teme al cambio y volverá a cambiar allí donde sea necesario. Porque una Revolución es, ante todo, la audacia de intentar alcanzar el cielo sin dejar nunca de pisar la tierra. Para eso sirven las revoluciones: para impedir que el miedo termine imponiéndose sobre el valor.

Esta entrada fue modificada por última vez el 17 de julio de 2026 a las 4:00 PM