Por Fabrizio Casari
Ante el creciente distanciamiento entre Europa y Estados Unidos en torno a la gestión del expediente ucraniano y a la exigencia de elevar el gasto militar hasta el 5 % del PIB para mantener en pie tanto a la OTAN como a la economía estadounidense, cabía esperar que la reciente cumbre de Estambul propiciara un reajuste que, sin embargo, nunca llegó. El debate fue cuidadosamente evitado en una reunión que terminó siendo la más breve organizada en la historia de la Alianza.
El académico ruso Dmitry Trenin escribió en RT que «la estrategia de las élites europeas respecto a Moscú ya no tiene que ver con la disuasión, como ocurría durante la Guerra Fría; su objetivo es la destrucción de Rusia como potencia global». Según Trenin, el sueño europeo consiste en alcanzar una «solución final al problema ruso», de modo que ese país deje de representar «un factor en la geopolítica euroasiática».
No obstante, Trenin advierte de que las fantasías europeas seguirán siendo precisamente eso: fantasías. Su ilusión descansa en «un error de cálculo según el cual Moscú aceptaría la derrota, la humillación y la desintegración antes que recurrir al arsenal del que dispone». Un arsenal que «no se limita a las armas nucleares», aunque las provocaciones de la OTAN podrían empujar la situación hasta un punto en el que esas armas acabaran siendo empleadas». En otras palabras, Europa sigue confundiendo la paciencia estratégica del Kremlin con impotencia y sumisión, pero ese cálculo parece peligrosamente equivocado y cargado de riesgos existenciales para todo el continente.
Por ello, el llamado “elefante en la habitación” sigue siendo la misma pregunta: ¿qué harán Estados Unidos si estalla un enfrentamiento abierto en el escenario europeo? ¿Al no haber podido ganar a Afganistán o a Irán, podrían ganar a Rusia? ¿Permanecerán como espectadores o intervendrán aun sabiendo que ello provocaría una respuesta rusa directamente sobre territorio estadounidense?
Socios, más que amigos socio
La cumbre que aparentemente redujo los motivos de fricción entre los treinta y dos miembros de la Alianza, reafirmó que la misión histórica de la OTAN permanece inalterada y sigue respondiendo a dos principios fundacionales: el dominio occidental sobre el mundo y el dominio estadounidense sobre Occidente.
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Washington, como es bien sabido, además de considerar indispensable un sistema internacional que garantice su propia seguridad y sus intereses estratégicos, encuentra también en la OTAN una utilidad económica evidente, ya que el aumento de las tensiones internacionales impulsa un crecimiento generalizado del gasto militar. Si para la mayoría de los países ese incremento supone desviar recursos públicos en detrimento del Estado del bienestar, para Estados Unidos constituye uno de los motores esenciales de la estabilidad de su propio sistema económico.
Esta entrada fue modificada por última vez el 12 de julio de 2026 a las 4:50 PM