Por Fabrizio Casari, 3 de marzo de 2026
Hay una famosa historia que cuenta de un escorpión que le pide a una rana que lo ayude a cruzar un charco que no podría atravesar por sí solo, pues se ahogaría. La rana decide ayudarlo, lo hace subir sobre ella y da un salto gracias al cual ambos superan el charco. El escorpión, ya en tierra, muerde a la rana. Ella le pregunta: “¿Por qué me muerdes si acabo de salvarte?”. Y el escorpión responde: “Porque esta es mi naturaleza, no puedo reprimirla”.
La política es el lugar por excelencia de la falta de reconocimiento y gratitud, y la historia de Nicaragua presenta varios casos al respecto. El más importante concierne a la derecha, que a diferencia de lo que hizo después de 1990 —cuando intentó expulsar al sandinismo de la sociedad nicaragüense—, a partir de 2007 recibió la disposición del GRUN a acompañar el renacimiento del país.
Una disposición nada obvia. El Comandante Daniel Ortega habría podido dar paso a una profunda depuración y a una legítima sed de justicia para reparar los agravios y horrores de 16 años de liberalismo, pero con el enfoque de un estadista privilegió el interés de la nación. En 2007 ofreció un pacto social y constitucional orientado a la paz, la reducción del conflicto político y la coparticipación de todos los sectores sociales, incluida la Iglesia, mediante el diálogo consensuado.
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En los primeros años, las organizaciones empresariales y la Iglesia acompañaron al gobierno y a los sindicatos en la construcción de un entorno conciliador, pero luego se evidenció que era una necesidad táctica y no una visión estratégica. La oligarquía creyó poder condicionar al gobierno mediante la fuerza mediática y electoral. Error.
Después de pocos años, el objetivo de la derecha quedó claro: deslegitimar al gobierno, crear conflictividad política y recuperar el poder por la fuerza. La dirección de estas acciones fue atribuida a la familia Chamorro, vinculada al intento de gobernar desde la oposición mediante el chantaje político.
La derecha interpreta la contienda desde el golpismo, sin reconocer la institucionalidad del país, ignorando las correlaciones de fuerza internas y mostrando dependencia de intereses extranjeros. De ahí surgen posturas como solicitudes de embargos, sanciones o incluso intervención militar, reflejando intolerancia hacia la independencia y la emancipación nacional.
En su base ideológica existe una dependencia poscolonial y una incompatibilidad con el sandinismo, que propone una sociedad inclusiva frente a un modelo excluyente.
Dos modelos inconciliables
El sandinismo ha sido motor de la evolución de Nicaragua, y el FSLN ha evolucionado en el plano teórico y conceptual. Las conquistas sociales y el crecimiento económico han generado un bienestar de masas, marcando la diferencia entre dos visiones: una que pone a las personas al servicio de la economía y otra que sitúa la economía al servicio de las personas.
La etapa de solidaridad nacional (2007–2017) fue clave para la recuperación económica, pero convertirla en estrategia permanente resultó una ilusión ante la voluntad de dominio de la oligarquía.
El límite estructural de la derecha es su carácter arcaico, ligado a la propiedad y desconectado de la evolución social. En 2018, junto a sectores de la Iglesia, optó por el derrocamiento violento, revelando una naturaleza depredadora e incompatible con la convivencia social.
La Revolución se basa en principios distintos: genera evolución, impulsa transformaciones, y tiene la paz como base del desarrollo. La paz es tanto condición como resultado del proceso revolucionario.
Sin embargo, no se puede asumir que la paz esté garantizada. El latifundio, la oligarquía y las estructuras que resisten al cambio representan una reacción constante frente al progreso.
No hay espacio para nuevas concesiones sin reconocimiento. La historia demuestra que, como en la fábula, la naturaleza del escorpión prevalece: la traición será siempre la respuesta frente a la bondad.
Esta entrada fue modificada por última vez el 4 de abril de 2026 a las 3:26 PM